Psicoanálisis

Una historia del psicoanálisis, los comienzos

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Por: Jimena Ayala

Situémonos en Francia del siglo XIX, una ciudad moderna separada por las riberas de un río gris. Corriente arriba se contempla el Sena. Se pueden mirar las grandes arterias de una gran ciudad recientemente pavimentada donde nos podemos imaginar  la reciente existencia de revueltas sangrientas y los fuegos de versalleses. También es una ciudad donde abundaban las enfermedades de cólera, sífilis y tuberculosis, el sexo da miedo, y se escuchan palabras amargas sobre las enfermedades que siembran temor en la opinión pública.

Entre sus calles, se encuentra el gran hospicio de la Salpêtrière, siendo este el mayor en Europa, donde las mujeres alcohólicas y las prostitutas se avecinan con los ancianos dementes y los niños retrasados. Se aislaban a las locas en el pabellón especial de incurables y se las abandona. Los epilépticos cuentan pesadillas, las histéricas cuidan de sus compañeras simulando sus enfermedades, poseídas por la manía de poner en escena el sufrimiento de los otros.

La anestesia local era a base de cocaína que se comienza a difundir en 1884 al mismo tiempo que comienza la asepsia. Las neuralgias, los reumatismos y las afecciones criticas se curan con magnetizadores, curanderos y los que aplican botones de fuego. Entre 1815 y 1870 los que son víctima de la metralla son presas de cirujanos que amputan en serie, el hierro al rojo cauteriza en carne viva las llagas infectadas, amenazadas por la gangrena y el tétanos.

Freud llega a París en octubre de 1885, la ciudad es poco acogedora con los extranjeros y considerados como bárbaros. Lleva en la maleta la historia de Berta Pappenheim,

más conocida por Anna O. El futuro inventor del psicoanálisis es un joven médico judío de veintinueve años de edad, enamorado de su prometida Martha Bernays. Viene a Francia a descubrir su verdadera vocación. Convertido en psiquiatra después de haber sido neurólogo, intenta dar una explicación anatomo-fisiológica de todas las perturbaciones mentales.

Ana O era una paciente del médico vienés Breuer. Esta joven de veintiún años presenta síntomas histéricos relacionados con la enfermedad de su padre. Tiene parálisis de los tres miembros, perturbaciones de la vista y el lenguaje, una tos nerviosa que no para; presenta ademas anorexia y se observa en ella dos estadios distintos: unas veces tranquila y ordenada, otras, se comporta como una niña insoportable, molestando sin cesar a su alrededor con gritos y quejas. Breuer la visita y ella se acostumbra a contarle sus alucinaciones, angustias y diferentes síntomas. Un día tras relatar ciertos síntomas los hace desaparecer por sí misma. La historia de Anna O se ha convertido en leyenda

y funciona hoy como uno de los mitos fundadores de la historia del psicoanálisis.

En esas mismas calles de Francia, se encontraba Charcot médico creador de una nueva neurología. Él se dedicaba a dar conferencias sobre la gota, reumatismos, anatomía y fisiología del sistema nervioso central. A partir de 1882 se reconoce a la neurología como disciplina autónoma, y se interesa por la histeria y la hipnosis dando nuevo contenidos al estudio de la neurosis. Adepto de una clínica fundada en la teatralización de los síntomas, es uno de los primeros que adopta aparatos de proyección durante sus conferencias. En vísperas de la llegada de Freud a París, se va a vivir a un bonito hotel, y prepara un despacho imponente, de techos altos cubierto de biblioteca.    

En el hotel de Saint Germain, concurren durante las veladas de los martes, los nombres mas importantes de la medicina, política y literatura. Gambetta, Daudet, Guilles de la Tourette, Lépine, Vulpian, Brouardel, Babinski entre otros. Una noche, Freud es invitado a cenar en compañía de Richetti, un médico vienes. Esa noche Freud y Charcot se encuentran.

Freud posee desde 1880, a partir del caso de Anna O, una experiencia de la escucha con la que no sabe qué hacer y llega a París para ver a Charcot que trabajaba con pacientes histéricas. Este, no se interesa por la historia de Anna, pero crea y suprime síntomas a partir de palabras sugestivas a sus pacientes. Charcot prefiere una concepción experimental de la clínica y gracias a sus observaciones, Freud puede concebir la posibilidad de un pensamiento desvinculado de la conciencia: éste produce efectos somáticos sin que los individuos lo sepan, ya que la histérica está poseída por sus síntomas.

Tras su primera estancia en París, Freud se vuelve a Viena llevando en sus maletas, ahora, el esquema de un trabajo sobre el estudio comparado de las parálisis histéricas y orgánicas, esto lleva a un artículo que Charcot ayuda a publicar en Les Archives Neurologiques.

Entre 1886 y 1889 Freud se casa con Martha, abre su consulta un domingo de Pascua y publica una traducción de las Lecciones del martes de Charcot y del libro de Bernheim sobre la sugestión. También conoce a Fliess, un otorrinolaringólogo quien logra hacer que Freud se interese por el uso de las bromas como material psicoanalítico y le aplica a Emmy Von N. el tratamiento que Breuer practicó con Anna O.

En 1889 Freud viaja de nuevo a París, se inaugura la torre Eiffel, nuevo ídolo del siglo burgués.

Freud regresa con una nueva visión, se separa progresivamente de una clínica dominada por la función de la mirada, el culto de la escena y el de la lección queriendo poner en marcha una práctica nueva fundada en la primacía de la escucha y del relato. Al término de esta doble inversión, en el que la histérica ocupa un lugar central, la noción de inconsciente emerge y nace el psicoanálisis: el médico renuncia a ver y a tocar, alejándose así de los dos términos que sellan la existencia de la clínica del siglo XIX, la palabra cambia de campo: el sabio se calla y guarda para sí sus comentarios; se retira al silencio, dejando al enfermo que se cure a sí mismo. El paciente ocupa el lugar antes reservado al médico; se vuelve creador, novelista, inventa un discurso y fabrica su caso.

BIBLIOGRAFÍA.

ROUDINESCO É. La Batalla de Cien Años, Historia del Psicoanálisis en Francia volumen1 (1885-1939), 2 Edición, Madrid: Fundamentos, 1999, pp 17-49.

 

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